jueves, 15 de octubre de 2015

Fotos viejas

Sin darme cuenta, me encuentro revisando fotos viejas, fotos que están aquí o allá, sin mucha importancia; y me sigo viendo como siempre. He cambiado y no es que sea como siempre, tú lo sabes, pero sí mantengo la misma mirada perdida e inexpresiva. Quizá, una forma más de querer perderme entre el clic de la cámara y la luz destellante del flash para no ver las cosas con el prisma adecuado. Una clase de búsqueda que no acaba porque tal vez no ha empezado. Hay una de estas fotografías que llama mucho mi atención. Una foto normal. Una foto en la que estoy mirando a ninguna parte y tú estás sonriendo, mirando, también, a ningún lado. La cuestión es que en la fotografía me veo como un don nadie, como uno de los Sospechosos habituales, temiendo el fin pero, aguardando por una gota de esperanza alojada en quién sabe donde. No creas que la cosa va por quererme creer un bravo y meter terror. Me falta el alma de Fenster y el traje de Keaton para completar semejante empresa. Esos sí son tipos duros. Nena, es difícil hablarte de una película que no has visto, pero sé que sí reconoces esa mirada de perro apaleado o de boxeador noqueado que pongo a veces. En la película es más o menos igual. Unos tipos, del medio lumpen de Los Ángeles, se juntan para cometer un gran 'golpe' y como imaginas, las cosas no salen bien, de otra forma perdería la gracia. Lo curioso niña mía, es que esos personajes saben que se pondrá feo. Saben, o al menos me gusta creerlo, que el final no será feliz, pero aun así, siguen adelante como caballos ebrios de emoción. Lo ves, no me digas que no has visto esa mirada, ese gesto-movimiento de todos los perdedores. Allí está toda la vida que se pierde, toda la calle que se desborda y todas las historias que no se cuentan. Al fin, recortes de periódicos, fotografías como pedazos de recuerdos: tú, sonriendo feliz, yo mirando a ninguna parte pero sin un gran golpe entre manos.

jueves, 26 de febrero de 2015

De qué hablamos cuando hablamos de premios

Leía ayer un artículo en el El espectador titulado Carver, el inspirador de González Iñárritu acerca de cómo Raymond Carver sirvió de inspiración al director Alejandro González Iñárritu para la creación de su premiada película Birdman. Recuerda el artículo, cómo el director agradeció a Carver y a su viuda; cómo, además, sirvieron sus cuentos para alimentar una trama llena de egos y cotidianidad. Y sí, el espíritu de Carver estaba por todos lados y no era solo cosa del filme del mexicano, sino en todo el teatro Dolby donde se entregaron los premios. Demasiadas sonrisas para una sola noche. En suma, la cotidianidad enmarcada en una sociedad siempre iluminada por los reflectores. Pensaba ¿Qué harán los perdedores con el discurso que prepararon por días y que guardaron en algún lugar de sus vestidos? También pensaba en los otros, actores que sirven solo de paisaje, tipos que llevan años sin realizar una película decente y asisten al evento para, qué sé yo, mantenerse vigentes ante en un público sin rostro que algún otro día, si la suerte es buena, llenará la taquilla del cine. Veía tanta gente feliz y solo me podía preguntar ¿quién es ese de ahí? ¿maquillador? ¿escenógrafo, amigo del escenógrafo? ¿primo de algún sonidista? y esa chica hermosa a quien la cámara enfocó por un instante ¿será la amante del sobrino de un productor? ¿amante de un productor? ¿una bomba sexy que espera su momento? De seguro la renta de vestidos en Hollywood estuvo muy movida estas semanas ¿Qué harían todos los que no fueron invitados a las fiestas de después? Me gusta imaginar que se fueron a comer hamburguesas al costado de una gasolinera. Los veo abanicando las manos mientras hablan de amor y chupan un cigarrillo. Perfectos personajes de un cuento de Carver. Ahí pintado sin más, el sueño americano.